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20 de junio de 2010

No te puedes llevar con la mano un trozo de río

Acercas la mano, tocas el agua, te refrescas. Notas el agradable masaje que te regala el movimiento y la fuerza del agua. Juegas un poco con la corriente, salpicas, te entretienes con las burbujas, las gotas, el agua se cuela entre los dedos, la impulsas con la palma, desvías la corriente, el agua salta por encima de la mano, la rodea, se acarician río y mano. Puedes cerrar los ojos e imaginar cualquier cosa. Te sumerges en el placer de tocar el río o en la relajación de dejar que el río te toque.

Pero cuando cierras la mano, no puedes llevarte ni un poquito. Tan pronto sacas la mano, por rápido que lo hagas, por mucha decisión que pongas, el río sigue allí, exactamente igual que antes. Como si nunca lo hubieras tocado. Te acercas de nuevo, sumerges tu mano, vuelves a empaparte de la vida del agua, pero al sacar la mano sólo quedan restos de humedad... y el río... como si nada. Los surcos en el agua que se formaban al acariciarla, desaparecen en el instante de quitarla. Los círculos que se dibujan en la superficie, se alejan y se desvanecen.

Como cuando te acercas a alguien, quien te llena con sólo su proximidad, su atención, su mirada. Y cuando vuelves a ti mismo, sólo tienes un dulce recuerdo, un poco de agua en la mano, y la triste incertidumbre de que quizás, nunca tengas más que eso. La frustración de que quizás no hayas influido en nada en esa corriente de agua, más que desviar unos instantes algunas gotas. La desesperanza de pensar que quizás, el río no te espere de nuevo. El vacío de creer que quizás nunca seas lo suficientemente importante como para atraer el curso del agua.

A veces, intentar acercarte a alguien puede ser tan incierto, tan frustrante y tan desesperante como intentar llevarte con la mano un trozo de río. Una vez en mi vida, fui ese río. En dos ocasiones, la mano. Ojalá, nunca más.

(Las personas tenemos la capacidad de ser distintos a los ríos: podemos cambiar nuestro curso a voluntad. Usemos esa capacidad, especialmente cuando una mano se acerca a tocarnos.)

17 de junio de 2010

La tengo de 25 centímetros

Ya sé que parece mucho, no es un farol, va en serio. Cuando está estirada a tope me mide 25 centímetros. Y no lo parece, porque no la tengo gorda ni aparenta grande, pero la realidad es esa, mide 25 centímetros. Te la enseño cuando quieras y lo compruebas.

Comencé este ejercicio de escribir sobre mi para aprender a rebuscarme en el interior de una forma nueva, más calmada y reflexiva. Expresarlo y tener la oportunidad de revisarlo pasados los días, o meses. También como un ejercicio de apertura de mi mismo hacia los demás. Claro que me lee poca gente, no soy un anuncio en la tele, pero con esto consigo rasgar el espeso y a veces molesto telo de la intimidad y la cobardía de no mostrarme.

Y al ponerme a escribir, uno tiene tendencia a dejar salir primero las cosas que no huelen bien, airear la casa, hablar de penas, problemas o dolores. Está bien, muy bien, poderlos compartir con ciertas personas. Es gratificante, constructivo y reconfortante leer respuestas, públicas y privadas. Pero uno no está hecho sólo de oscuridades, temores y fracasos.

¿Os he dicho que me mide 25? No será importante, supongo que no, al menos para casi nadie. Pero es cierto y estoy orgulloso. Y esa envergadura me permite muchas alegrías a lo largo de la vida. Pero tengo más cosas buenas y mucho más importantes. No voy a convertir esto en una oda a mí mismo, no soy yo el más apropiado para hablar de mis cosas buenas, me basta con notar algún gesto de vez en cuando de la gente que me rodea. Pero sé que las tengo, sin duda.

Más que nada, no quería tampoco dar la impresión a la gente que me está leyendo de que estoy deprimido o con una crisis de identidad. De que me estoy volviendo loco o gris. Loko siempre he estado (pero con 'k'), sigo teniendo la cabeza llena de colores, sigo riéndome mucho, tengo mil músicas en el alma, el corazón lleno hasta arriba de amor y ternura, los pies cargados de energía para volar, las manos limpias y honestas, brazos fuertes para sostener a quien haga falta, piernas delgadas dispuestas a impulsarme donde sea, una espalda acostumbrada a llevar peso, un estómago dispuesto a recibir litros de cerveza, unos ojos que desean mirar a través de las cosas, unos oídos atentos, un cuello que espera un beso y un pelo que da envidia. Y el culo blanco.

Si me abro contando mis cosas no-tan-buenas, recuerdo que también está mi yo positivo, optimista, divertido, cariñoso, sincero y práctico para lo que haga falta. Pero tendrás que descubrirme. Yo sólo doy el primer dato: mi mano, abierta y estirada, desde la punta del meñique hasta la punta del pulgar, 25 centímetros exactos.

http://open.spotify.com/track/6NNMZ6ydDfQtRaZontP3G9

http://www.youtube.com/watch?v=0P2Dirtm6DU